Manifiesto de cumpleaños
Mañana cumplo años. Hace apenas unas horas me preguntaba si eran 53 o 54; la cifra se me escapaba, como si el número ya no tuviera el peso de antes. Tuve que buscar el reflejo en la edad de mi madre para cerciorarme de mi propio tiempo. Es un acto de conexión con mi origen, como si tomara el hilo de la vida directamente desde mi ombligo. Y en esa búsqueda, me encontré con una certeza: nada se ha perdido.
He logrado alcanzar metas que pospuse por años. Me descubro en tiempo, en forma, con la mente lúcida y las ganas intactas. Sigo con el deseo de conquistarme y avanzar a mi propio ritmo, en mi campo, con proyectos que se nutren de la otredad. Porque entiendo que si soy, somos; somos individuos indivisibles. En el amor de mis hijas y el refugio de mi familia, encuentro el eco de lo que soy. Si estoy, confío; y si vivo, quiero servir.
Confieso que aún no hago las paces con las poses. La cámara me paraliza, endurece mi rostro y mi cuerpo, como si el lente intentara atrapar algo que solo sabe ser libre. Me siento mejor así: en movimientos espontáneos, sin el peso de ser observada, fluyendo sin pensarlo.
Hoy, entre alas transparentes, iridiscentes y veloces —como el parpadear de las luces navideñas o el vuelo de los colibríes en mi jardín—, rodeada de la magia de lo pequeño, me doy cuenta de mi verdadera edad.
Estoy sana, estoy fuerte. Y no es soberbia, es una gratitud profunda: me siento perfecta en mi cuerpo y en paz con mi mente. El camino sigue, y mis ganas de caminarlo están más vivas que nunca.
Fotografía capturada por el lente de mi hija, #Marysol; en un instante de esos en los que la vida fluye sin poses.
Letras Lemcys ®



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